¿Por qué el hombre y su mujer se convierten en una sola carne?

Betsy Ross: El Mito y la Mujer Real

16/09/2023

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Pocas figuras en la historia americana evocan una imagen tan vívida y patriótica como la de Betsy Ross, sentada con aguja e hilo, confeccionando la primera bandera de las barras y estrellas. Esta imagen, arraigada en el imaginario colectivo y enseñada en las escuelas de todo el país, ha perdurado por siglos, convirtiendo a Ross en una heroína nacional. Sin embargo, la historia, como suele ocurrir, es mucho más compleja y matizada de lo que la leyenda nos cuenta. La mayoría de los historiadores descartan que Betsy Ross elaborara la primera bandera de los Estados Unidos, pero un siglo después de que la verdad saliera a la luz, el mito sigue más vivo que nunca. ¿Quién fue realmente la mujer detrás de esta poderosa leyenda? Un fascinante viaje intelectual, guiado por la aclamada académica Marla Miller en su libro Betsy Ross and the Making of America, nos invita a desenterrar a Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole, la verdadera mujer de carne y hueso, y a entender por qué su mito se niega a morir.

¿Quién es la mujer de carne y hueso?
Betsy Ross da a las mujeres un lugar en el Panteón Nacional sin alterar nuestros mitos dominantes. Sepultada bajo la leyenda hay una mujer de carne y hueso, Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole. Nacida en 1752, se casó y enterró a tres maridos antes de su propo fallecimiento, en 1836.

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La Leyenda de Betsy Ross: Un Mito que Persiste

La historia de Betsy Ross y la bandera de cinco puntas es un relato que ha cautivado a generaciones. Se dice que ella no solo cosió la primera bandera, sino que también inventó el patrón para las estrellas de cinco puntas, un detalle que los escolares aún replican con recortes de papel. Esta narrativa, rica en simbolismo patriótico, ha sido un pilar fundamental en la construcción de la identidad nacional estadounidense. La leyenda perdura, no tanto por su veracidad histórica, sino por su utilidad social y comercial. Editores, vendedores de recuerdos y entusiastas patriotas encontraron en Betsy Ross una figura ideal para llenar un vacío en la epopeya americana: la necesidad de heroínas femeninas. Ella proporciona a las mujeres un lugar en el Panteón Nacional sin desafiar los mitos dominantes masculinos de la Revolución. Es una historia simple, conmovedora y fácil de recordar, lo que contribuye a su increíble resiliencia a pesar de la falta de evidencia histórica que la respalde.

Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole: La Mujer Detrás del Mito

Sepultada bajo las capas de la leyenda, encontramos a una mujer real, con una vida compleja y a menudo difícil, conocida en la mayor parte de su vida adulta como “la señora Claypoole”. Nacida como Elizabeth Griscom en 1752, su existencia estuvo marcada por la resiliencia y la capacidad de adaptación. Se casó y enterró a tres maridos antes de su propio fallecimiento en 1836. Su primer esposo, John Ross, un tapicero, la introdujo en los círculos de la política revolucionaria, aunque no fue una figura prominente en los comités. Su segundo marido, Joseph Ashburn, un marinero, murió trágicamente en una prisión británica tras ser capturado por corsarios hacia el final de la Guerra Revolucionaria. Fue John Claypoole, con quien se casó en 1783, el padre de casi todos los hijos que la sobrevivieron, consolidando su identidad como Elizabeth Claypoole. Es crucial destacar que fue su nieto, William Canby, quien en 1870 comenzó a difundir la historia de la bandera, usando el nombre de “la señora Claypoole”. Solo más tarde, a medida que la historia se popularizaba y se embellecía, la figura histórica se transformó en la “hermosa y patriota Betsy Ross”, un nombre más corto y evocador, ideal para el consumo público y la creación de un ícono.

Desenterrando la Verdad: La Investigación de Marla Miller

Marla R. Miller, profesora de historia de Estados Unidos en la Universidad de Massachusetts-Amherst, ha emprendido la formidable tarea de rescatar a Elizabeth Claypoole de las sombras de su propia mitología. Miller argumenta que la propia Claypoole “sembró las semillas de su propia mitología en las décadas de 1820 y 1830” al relatar cuentos de su juventud, su trabajo y la vida en la Filadelfia revolucionaria a sus hijos y nietos. En su biografía, Miller demuestra que, aunque la historia de la bandera está plagada de inverosimilitudes, la vida de la mujer conocida como Betsy Ross merece ser recuperada por derecho propio. Para reconstruir su historia, Miller ha recurrido a una impresionante variedad de fuentes fragmentadas: “anuncios en los periódicos, recibos caseros, actas de reuniones, informes financieros, cuentas de compras y libros de contabilidad, registros de sucesiones, herramientas y artefactos… y tradiciones orales”. Con estos retazos, Miller conecta a su heroína con muchos de los acontecimientos más importantes de la historia temprana de Filadelfia, desde la construcción de la ciudad —en los años en que su bisabuelo se estableció como maestro carpintero— hasta la epidemia de fiebre amarilla de 1793, que se llevó a sus padres. Este meticuloso trabajo de investigación permite vislumbrar una vida auténtica, lejos de la caricatura legendaria.

Betsy Ross en la Revolución: ¿Artesana o Heroína?

Mediante un hábil uso de los pequeños detalles, Miller sostiene su afirmación de que la futura Betsy Ross fue a menudo “solo un contacto distante” de los hombres que hicieron la Revolución. Aunque su primer marido no formó parte de ningún comité revolucionario, su tío sí lo hizo, y la casa que él y Betsy alquilaron contenía mapas recién impresos de las trincheras estadounidenses y británicas durante el asedio de Boston, indicando una cercanía, aunque no una participación directa en la toma de decisiones. Lo que sí es cierto es que, al igual que muchas otras mujeres patriotas, Betsy contribuyó al esfuerzo de guerra de maneras más prácticas y menos glamorosas. Rellenó cartuchos para el Ejército estadounidense durante la contienda, llenando miles de tubos de papel con balas de mosquete y pólvora en enero de 1779. Si bien no parece haber participado en iniciativas de alto perfil como la de Sarah Bache (hija de Benjamin Franklin) para suministrar camisas al ejército en 1780, lo que sí hizo, y esto es clave, fue hacer banderas. Para ella, como para otros artesanos de la época, la fabricación de banderas no era tanto un deber patriótico idealizado como un oficio, una manera de ganarse la vida en tiempos difíciles. Solo existe un documento que se refiere a la fabricación de banderas por parte de Ross durante la Revolución: un recibo por “estandartes” para la marina de Pennsylvania. Esto sugiere que, si bien pudo haber fabricado otras, su rol fue el de una proveedora de bienes necesarios para la guerra, no necesariamente la creadora de un símbolo fundacional. Como señala Miller: “Fueron muchas las personas que contribuyeron a dar forma al emblema nacional que reconocemos hoy. Que Betsy Ross no estuviera sola no disminuye su contribución. La bandera, como la Revolución que representa, fue el trabajo de muchas manos.” Este punto es fundamental: la bandera fue un producto de la labor colectiva de artesanos, no la creación solitaria de una figura mítica.

El Oficio de Hacer Banderas en la Filadelfia Revolucionaria

Miller sitúa a Ross firmemente dentro de la comunidad de tapiceros, costureras, pintores y ceramistas de Filadelfia, quienes se encargaron de hacer banderas y otros pertrechos de guerra. Estas eran personas cuyas ocupaciones domésticas se vieron interrumpidas primero por el boicot prerrevolucionario a los productos británicos y luego por la guerra misma. La necesidad de bienes producidos localmente aumentó drásticamente, y los artesanos como Betsy Ross tuvieron que adaptar sus habilidades para satisfacer las demandas del conflicto. La fabricación de banderas, estandartes y otros elementos militares se convirtió en una fuente de ingresos vital para muchos. La economía de la época, con sus desafíos y oportunidades, modeló profundamente la vida de estos trabajadores. No se trataba de un acto aislado de inspiración patriótica, sino de una respuesta pragmática a las necesidades de una nación emergente y en guerra. La contribución de Ross, por tanto, debe entenderse en este contexto más amplio de la artesanía colonial y revolucionaria, donde la habilidad manual y la capacidad de producción eran tan valiosas como el fervor ideológico. Fue una emprendedora en tiempos de crisis, usando sus habilidades para subsistir y contribuir a la causa de la independencia.

Críticas a la Biografía de Miller: ¿Demasiado Cariño por la Leyenda?

A pesar de la meticulosidad y el valor de la investigación de Miller, la reseña de Laurel Thatcher Ulrich en el New York Times, titulada “Star-Spangled Story”, señala una crítica importante: el afecto de Miller por su objeto de estudio a veces se interpone en el camino de su, por lo demás, cuidadosa investigación. Ulrich observa que esto es más evidente en los intentos de Miller de profundizar en historias del siglo XIX, como la de la joven Elizabeth Griscom trabajando en el taller del elegante tapicero de Filadelfia, John Webster. Aunque el trabajo de Webster está documentado en libros de contabilidad que lo relacionan con buenas familias de Filadelfia como John Cadwalader y Chew Benjamín, y aunque estas cuentas mencionan pagos a su futuro marido John Ross, nunca mencionan a Griscom. Sin embargo, Miller no se contenta con señalar estas conexiones o con describir el tipo de trabajo que una joven podría haber desempeñado en una tienda así. Según Ulrich, Miller “convierte las inferencias en hechos y, a continuación, embellece los hechos con la ficción”. Por ejemplo, Miller afirma que Betsy pasó “cinco o seis años entre 1768 y 1773 trabajando para John Webster” y que durante esos años hizo, “entre muchas otras cosas, el fabuloso ajuar para el hogar de los Cadwalader”. Incluso “sabe, por arte de magia, que cuando Cadwalader entró en la tienda de Webster a fines de mayo de 1771, Betsy Griscom y el resto del personal se pusieron a su disposición” y que Betsy y John “durante cinco años… trabajaron codo con codo, coqueteando, peleándose y, en general, midiéndose como pareja potencial en una vida futura”. En pasajes como estos, Miller adopta el estilo de la ficción sentimental que, durante más de un siglo, ha afectado la credibilidad de la narrativa de Betsy Ross. Esto, según Ulrich, debilita la propia prosa histórica de Miller, que es lo suficientemente fuerte como para sostenerse por sí misma, y frustra el propósito último de su libro: redescubrir a la mujer que hay tras la leyenda, en lugar de perpetuar la fantasía.

Los Últimos Años de Elizabeth Claypoole y la Evolución de la Leyenda

Sorprendentemente, Miller dedica solo 50 páginas de su texto de 362 a los últimos 40 años de vida de Claypoole. Sin embargo, como la misma Miller explica, no solo se trata de unas décadas de su vida que están entre las mejor documentadas, sino que son precisamente los años en que las historias de la bandera comenzaron a tomar forma y a difundirse. Gracias a los registros del gobierno, podemos saber qué tipo de banderas hicieron Claypoole y sus hijas en el siglo XIX y lo que se les pagaba, así como con quién trabajaron y qué tipo de competencia tenían. Entre sus competidoras estaba Rebecca Young, quien se mudó a Baltimore, donde ella y su hija Mary Pickersgill elaboraron la inmensa “barras y estrellas” que inspiró el poema que Francis Scott Key escribió durante el asedio de Fort McHenry en la Guerra de 1812. Esto sugiere que no solo las experiencias de su juventud, sino este intenso período de fabricación de banderas posterior a la guerra, fueron cruciales para moldear las historias que Claypoole contaría. Fue en este periodo tardío cuando la rápida producción de estrellas de cinco puntas tuvo mucha más relevancia que durante la época de la Revolución, cuando en realidad eran poco habituales.

¿Quién es la mujer de carne y hueso?
Betsy Ross da a las mujeres un lugar en el Panteón Nacional sin alterar nuestros mitos dominantes. Sepultada bajo la leyenda hay una mujer de carne y hueso, Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole. Nacida en 1752, se casó y enterró a tres maridos antes de su propo fallecimiento, en 1836.

Cuando William Canby conoció a su abuela, la vida de Elizabeth Claypoole como fabricante de banderas probablemente había terminado, y la cultura artesanal que la había alimentado estaba siendo amenazada por una economía nacional en expansión y por nuevos modos de producción. Pero su vida imaginativa estaba floreciendo. Elizabeth Claypoole pudo haber sido o no una excelsa fabricante de banderas, pero fue sin duda una narradora consumada, y transmitió ese talento a sus descendientes. A lo largo del libro, Miller lanza algunos guiños sobre lo inverosímil de algunas de las tradiciones que conservó esta familia, mientras toma “un trocito de aquí y otro de allá” para redondear su narrativa, pero nunca se enfrenta de lleno a la creación de la leyenda de Betsy Ross. Hacerlo habría significado debilitar una apreciada historia americana, y también habría significado no poner el énfasis en el período revolucionario, que era el enfoque principal de su obra. Al final, la leyenda, tan poderosa y arraigada, abruma a la mujer de carne y hueso. Quizás, como sugiere Ulrich, eso es precisamente lo que Claypoole, la brillante narradora, hubiera querido.

Preguntas Frecuentes sobre Betsy Ross

¿Quién fue Betsy Ross realmente?
Betsy Ross, cuyo nombre real era Elizabeth Griscom Ross Ashburn Claypoole, fue una tapicera y artesana de Filadelfia que vivió entre 1752 y 1836. Se casó tres veces y, durante la mayor parte de su vida adulta, fue conocida como “la señora Claypoole”.

¿Hizo Betsy Ross la primera bandera de EE. UU.?
La mayoría de los historiadores modernos descartan que Betsy Ross elaborara la primera bandera de los Estados Unidos. La historia es una leyenda popular que su nieto, William Canby, comenzó a difundir en 1870.

¿Por qué persiste la leyenda de Betsy Ross?
La leyenda persiste porque llena un vacío en la epopeya americana al proporcionar una heroína femenina. Es útil para editores, vendedores de recuerdos y patriotas entusiastas, y se ha arraigado profundamente en la cultura popular como un símbolo de patriotismo.

¿Qué se sabe de la vida personal de Betsy Ross?
Elizabeth Griscom se casó con John Ross, un tapicero; luego con Joseph Ashburn, un marinero que murió en prisión británica; y finalmente con John Claypoole, quien fue el padre de la mayoría de sus hijos. Contribuyó al esfuerzo revolucionario rellenando cartuchos y, como artesana, fabricó banderas como oficio, no solo por deber patriótico.

¿Qué aportó Marla Miller a la historia de Betsy Ross?
Marla Miller, en su libro Betsy Ross and the Making of America, reconstruye la vida de Elizabeth Claypoole a partir de fragmentos históricos (recibos, anuncios, registros) y la sitúa en el contexto de la Filadelfia revolucionaria, mostrando que fue una artesana hábil que contribuyó al esfuerzo de guerra, aunque su papel en la creación de la primera bandera es más mito que realidad.

¿Fue Betsy Ross una figura importante en la Revolución Americana?
Aunque no fue una figura política central, Betsy Ross fue una artesana que contribuyó a la Revolución Americana a través de su oficio. Rellenó cartuchos para el ejército y fabricó estandartes y banderas como parte de su sustento, al igual que muchos otros artesanos de la época. Su importancia reside más en su papel como símbolo popular que en su participación directa en los eventos clave de la Revolución.

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